La memoria histórica de un pueblo se transmite de padres y abuelos a hijos y nietos. Pero en algunos casos, cuando la civilización de los adultos colapsa en catástrofes colectivas como una guerra o un genocidio, pueden ser los ojos y las voces de los niños y mujeres sobrevivientes, las víctimas más indefensas, los que permiten retener, conservar y transmitir el testimonio de lo ocurrido.
Y así como se dice que el crimen se sigue produciendo cuando no hay sanción para los perpetradores ni reconocimiento del daño infligido, la memoria se mantiene viva y se recrea cuando estos testimonios se siguen reconstruyendo, compartiendo y transmitiendo, de generación en generación.